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Columna de Opinión: Pobre el que no cambia de mirada (por Benito Baranda, director social nacional del Hogar de Cristo)
Fuente:
Sección Editorial del Diario El Mercurio (20/11/2004)
http://diario.elmercurio.com
-- En la continua exposición mediática de "los pobres" podemos estar violentando fuertemente su dignidad al exponer su intimidad.
La construcción de la cultura se da desde muchos ámbitos y dimensiones del ser humano, tanto en su vida personal como social. Las creencias y valores predominantes juegan un papel fundamental. Están ellos en la economía y en los vínculos que establecen las personas con los bienes materiales que, sin lugar a dudas, son sometidos a la influencia contundente que ejercen en la actualidad los medios de comunicación a través de la publicidad.
En su informe del año 2002, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) reveló que más del 50% de los chilenos tiene una imagen de la sociedad en que viven (son críticos desilusionados o asociales molestos), lo que se demuestra en el trato que nos damos cotidianamente en la familia, el trabajo y la calle.
¿Se puede construir una cultura solidaria, de la justicia, de la dignidad y del amor en este contexto social? ¿Se pueden rescatar los valores más esenciales del ser humano para darles espacio? ¿Se pueden construir nuevos vínculos económicos desde lo microsocial y pueden los medios de comunicación ser facilitadores de esta tarea de transformar nuestras miradas para impactar positivamente la cultura?
Claro que sí. Es posible, es necesario y cada día se hace más urgente el colaborar activamente en la humanización de nuestras miradas de la realidad, para que las relaciones que establezcamos respeten la dignidad del otro.
No basta con la superación de la pobreza asociada a lo económico. El mejorar el ingreso y su distribución no me asegura un trato cotidiano de reconocimiento permanente de la dignidad de los demás. Hoy, de hecho, frente a quienes viven en exclusión social ha ido prevaleciendo una cultura del miedo, de la desconfianza, de la desesperanza y del cansancio, y los medios de comunicación han sido a la vez eco y semiconstructores de estas culturas. En este escenario complejo ha ganado terreno una percepción cada vez más individualista de la libertad, que es radicalmente insolidaria, y donde la conciencia va teniendo una creciente ceguera frente a la verdad humana y sus dolores.
Douglas Cooper señalaba que "hay cosas que no queremos ver, ya que introducen el temor en lo cotidiano". Yo agregaría que si no las queremos ver como sociedad, difícilmente van a aparecer en los medios de comunicación y, menos aún, si no existe una acción explícita para mostrarlas. Es el caso de la realidad completa de quienes viven excluidos, y no me refiero precisamente a los fragmentos de sus vidas que solemos ver, sino a la totalidad de ellas. Ellos carecen de poder en la sociedad contemporánea y por lo tanto sólo la verdad y la justicia pueden ser sus armas para lograr crecientes grados de libertad y salir así de su exclusión y abandono.
En esta tarea no colaboran los periodistas y medios que actúan bajo presión de grupos de interés o que apresuradamente documentan una noticia sin reflexión y análisis, pudiendo -aunque sea con buena intención- exacerbar la exclusión social, con efectos bastante más perniciosos para ellos. La intención no basta, ya que hay personas involucradas. Aquí importa mucho el "cómo" -es decir, los criterios éticos-, ya que en la continua exposición mediática de "los pobres" podemos estar violentando fuertemente su dignidad al exponer su intimidad.
Si estamos de acuerdo con que la libertad constituye una condición fundamental para el crecimiento humano, debe estar fundada en la verdad y justicia social, y para ello los medios y sus profesionales -frente a los excluidos- están llamados a actuar dentro de una "cultura de la reflexión", no de la "impulsividad", ni siguiendo los criterios del "mercado" o del "rating". Ser rigurosamente serios en la construcción de una cultura solidaria implica, en este ámbito, revisar las "miradas de la exclusión social", para que los profesionales de los medios y de las agencias de publicidad involucradas puedan "modificar sus relaciones con los excluidos", y como fruto de este proceso de transformación tengamos "renovadas y más humanas prácticas".
Esto requiere, a lo menos, de dos preguntas que debemos hacernos antes de realizar un reportaje, cubrir una noticia o poner a los excluidos en un spot publicitario: ¿Mi acción le permitirá a esa persona y comunidad tener luego un mayor control sobre su vida y destino? ¿Mi acción despertará en el resto de la sociedad un genuino respeto a la dignidad humana de quien vive excluido?
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