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20 de Noviembre 2017   


En busca de entender lo inentendible: ¿Por qué maltratamos a nuestros niños?

Modelos culturales respaldan el derecho para abusar de nuestros vástagos, mal entendidos como sujetos de obediencia y propiedad de los padres.
Con ellos, nuestra mediocre e intrascendental existencia toma sentido; son los hijos, como se dice, el tesoro más preciado. Sin embargo, a la hora de levantar la mano y desatar toda nuestra ira contra ellos, no medimos. Gritos, cachetadas, insultos y degradaciones van y vienen; reacción que escapa a todo entendimiento, aunque claramente es el acto máximo de cobardía al transgredir ese vínculo único e incondicional que ostenta la relación entre padre e hijo.
¿Qué monstruo anida en nosotros para ser capaces de vulnerar esa privilegiada conexión? ¿Qué demonio nos posee?
Según Gonzalo Lira, sicólogo de la Corporación PAICABI -Promoción y Apoyo a la Infancia- hay que partir de una visión de familia y de infancia muy idealizada, construida en torno al deber ser, y que a veces choca con la realidad.
En su opinión, hay una discrepancia significativa entre lo que la infancia debe ser y los datos que nos permiten describir la realidad de vida de la familia y los niños chilenos, en términos de riesgo social, vulnerabilidad y pobreza. "Es insólito que esto ocurra, pero cuando uno analiza la realidad social, constata una serie de factores que ayudan e inciden a que estas prácticas emerjan y se mantengan en el tiempo".

SUJETO DE OBEDIENCIA

Implacable es la influencia de los modelos culturales, que rayan la cancha en cuanto a la manera de definir cómo deben ser las formas de relación entre los distintos actores sociales.
"Si uno piensa particularmente en la figura de los niños, nos damos cuenta de que la sociedad los ha construido fundamentalmente como sujetos de obediencia y, muchas veces, como sujetos entendidos como una propiedad privada de los padres", subraya Lira.
Al combinar estos dos elementos, muchas familias en nuestro país están convencidas de tener derecho a castigar y sancionar físicamente a sus hijos, incluso amparados por algunos relatos de la Biblia o códigos de nuestro ordenamiento civil.
Para el sicólogo de PAICABI, la regulación establece (y, por ende, permite) que los padres tienen derecho a sancionar moderadamente a sus hijos. "Entonces, un primer factor al que podemos aludir al cuestionarnos por qué maltratamos a nuestros hijos, tiene que ver con modelos culturales que sostienen fundamentalmente el derecho de los adultos para abusar de los niños en cuanto a propiedad de los padres y en cuanto a derecho instituido".

GENERACION JOVEN

Según Miguel Espinosa, sicólogo, coordinador de la Unidad de Protección del Sename, los padres de ahora forman parte de una generación más joven que sabe que no tiene que castigar a los niños.
"El problema es que no saben qué hacer cuando el hijo tiene una pataleta, cuando no quiere obedecer; qué hago, cómo lo resuelvo. Nos conflictuamos con eso y, por lo general, terminamos igual con el grito y el golpe, ante la falta de herramientas sobre cómo resolver el tema", explica. Coincide con Lira en cuanto a que experimentamos un cambio cultural de largo plazo. "La clave es que si yo lo dejo de hacer, mi hijo lo va a dejar de hacer algún día. Puede que ahora tengamos alto porcentajes de maltrato infantil, pero la esperanza está en que este problema lo habla la opinión pública, sale en los diarios, los medios de comunicación lo abordan y eso es un gran avance en cuanto a que la gente percibe que es un asunto delicado que debe ser manejado y frente al cual no podemos ser indiferentes".

AL LIMITE

Para Miguel Espinosa, darle al niño un "coscacho", aunque no sea una reacción frecuente de los padres, implica, al igual que gritarle, que ese niño es maltratado.
No obstante, la diferencia fundamental está en cuánto daño puede causarle al pequeño la actitud que sus padres tienen hacia él. "Hay que diferenciar entre hacer que el niño entienda una orden aumentando el volumen de la voz a que se le diga algo que daña su autoestima. 'Tú eres un tonto, siempre has sido la oveja negra' y colocarlo en una situación de desmedro".
Espinosa hace hincapié en que el eje central del maltrato está en el daño. "Otros dicen que lo que hay que hacer, más que pegarle, es privarlo de las actividades o juegos que le gusten, ver televisión, jugar play station o al fútbol. No le pegue ni le grite, pero si lo tiene un tiempo demasiado prolongado bajo ese régimen, pasa a extremar un castigo que era relativamente normal y termina dañando su autoestima".
Aunque no hay recetas, lo fundamental es que los padres midan cuándo y cuánto están dañando a sus hijos. "Si somos los papás, tenemos que saberlo", sostiene.

¿MALTRATO POSITIVO?

Otro aspecto importante a valorar, según Miguel Espinosa, es el entorno en que crece el niño. "Si es en una familia con mucha violencia, donde los papás se gritan, él va a repetir ese mismo patrón y va a considerar que eso es normal. La reflexión que hace es 'mis papás me pegan porque me quieren'; piensa que eso no es maltrato y lo asume en términos positivos". Según el especialista, por eso hay que tener cuidado con las estadísticas, porque es fundamental revisar qué se le pregunta al niño y cómo se le pregunta.
A modo de ejemplo, narra la experiencia con algunos pequeños de los hogares del Sename que ya no viven con sus papás, y que algunas veces dicen preferir estar con su familia, aunque sus progenitores les peguen." El concepto de maltrato transita según cada familia, pero el tema central es el amor y el no hacerle daño a los niños", resume Espinosa.


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