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17 de Noviembre 2017   


Violencia escolar: Niños contra niños



El Mercurio, Revista Ya, 21 octubre, 2003
Texto María Paz Lagos V. Fotografías Carla Pinilla

Alejandro (12) va a un colegio católico. Todas las noches antes de dormir le pide a Dios que sus compañeros no lo molesten. A su mamá le da pena ver que su hijo está tan angustiado, pero su consejo ha sido que aguante, que "el mundo es así". Con esta actitud de resignación, muchos niños enfrentan día a día la humillación en la sala de clases.
No hay estadísticas que afirmen que la violencia escolar haya aumentado en Chile, pero sí ha crecido la información sobre casos de niños que agreden a otros niños. Desde distintos frentes hay una percepción general de que los conflictos en las aulas no se están resolviendo de manera pacífica. Y como respuesta a este estado de cosas han surgido varios programas tendientes a buscar las causas, pero también a ver la manera de mejorar la convivencia escolar y fomentar la resolución no violenta de conflictos.
Tanto el Ministerio de Educación como las universidades y los organismos privados están capacitando a profesores, pero también a alumnos para que sean mediadores entre sus pares. Quienes han sido víctimas de la violencia consideran que los agresores viven en la impunidad; también que los profesores están sobrecargados de trabajo y prefieren hacer vista gorda a un problema que les demanda un tiempo que no tienen. Desde la otra vereda, los victimarios efectivamente sienten plena libertad para cometer sus actos, hasta que los echan del colegio por conflictivos, sin que haya habido ninguna instancia intermedia que buscara solucionar conflictos en forma pacífica.
La mamá de Alejandro cuenta su experiencia con su hijo: "Él es más sensible y siente el ambiente más adverso. Hay un grupo de matones que se fijan en el tema de las marcas. A esta edad la imagen es importante. Yo le compré a Alejandro las zapatillas más baratas y lo molestan. Coincide en que los papás de estos niños también tienen una actitud marquera y prepotente, y con unos patrones de estatus que marginan a todos los que no pertenecen a ese molde".
Cuenta que pensó en cambiar a Alejandro de curso, pero finalmente no lo hizo. "Últimamente le ha tocado hacer trabajos con esos matones. El otro día lo fui a buscar a la casa de uno de ellos y él estaba jugando Nintendo en el segundo piso, porque le pidieron que no interviniera en la tarea. Con tal de evitar el conflicto, él fue obediente. A veces me llama de los cumpleaños con cualquier pretexto para que lo vaya a buscar. Después me cuenta que algunos compañeros empezaron a jugar Comando, que es un juego súper violento, del cual él no quería ser parte. El colegio reconoce que hay un cuento en el curso, pero no hay una actitud activa del profesor. Creo que no es mala voluntad, sino falta de herramientas".
Alejandro describe lo que vive todos los días: "Éste es un grupo que molesta a los más débiles, a los más tímidos, a los que menos hablan. Yo me siento normal, pero ellos se divierten molestándome. No sé qué hacer. A veces les digo: paren. La profesora los cacha. Son los que siempre interrumpen la clase y los que usan garabatos. Opino que debería haber más justicia en la actitud que toman las personas y en la forma de dirigirse a los otros".

Artillería de distinto calibre

No existe una sola forma de manifestar violencia. Desde intercambios no verbales como miradas o risas, hasta el clásico puñete conforman la gama. Pero hay otros actos más sutiles, como el aislamiento, y otros directos, como robarle el cuaderno al mateo del curso justo antes de las pruebas. Intentos de violación y el desprestigio a través del chat o el messenger tampoco están ausentes en los colegios.
"En el curso de mi hijo hay un niñito que es líder negativo. Es exquisito, divertido, pero cuando alguien no le cae bien, puede ser nocivo. Es garabatero y les pone apodo a sus compañeros. Un día, en un cumpleaños, le dijo a otro: llegó el apestoso. Él califica a las mujeres y a los niños chicos de apestes y de repente le dice a mi hijo: sale, apeste". Imagínate que mi hijo está en prekínder y con este niñito ha aprendido más garabatos y cosas de la vida que mi hija de segundo básico", cuenta una madre.
Mónica es la mamá de Pedro (10). Por problemas económicos, en segundo básico tuvo que sacar a su hijo de un colegio privado y meterlo a uno municipal de Vitacura. De partida, le costó un poco entrar porque era de características físicas diferentes: de pelo claro y ojos azules. Junto con llegar, una compañera de curso le robó su medalla de Primera Comunión. "Se la cortó y le dejó todo el cuello marcado. Nunca pudimos hacer algo y tratar de que la niñita la devolviera". Después, Pedro contó que en forma reiterada lo trataban de tomar entre varios para llevarlo al baño. Un día, cuenta Mónica, la llamaron urgente. "La profesora jefe me dijo que rápidamente tenía que sacarlo del colegio. Lo estamos defendiendo, porque está en un grupo en que lo pueden violar en cualquier minuto. En el colegio ya habían ocurrido violaciones y se mantenía en silencio. Esto era en octubre y la profesora me aseguró que cuidaría a Pedro hasta fin de año. Me comprometo a no tomar café durante los recreos, me dijo. Hablamos en su colegio anterior y nos perdonaron la deuda gigantesca que teníamos".
El intento por destruirle la imagen le ocurrió a una niña de once años, a la que le intervinieron su clave de mail en un establecimiento de mujeres. "Fue bien maquiavélico, porque esa niña empezó a mandar pesadeces a otras compañeras a nombre de mi hija", cuenta su madre. Por un error de quien robó la clave, se bloqueó el correo electrónico y la descubrieron. "Esa niñita no soportó la presión y se identificó. Mi hija no quiso hacer escándalo, lo que no me pareció muy sano. La otra la amenazó con que la iban a suspender por culpa de ella si la acusaba. Llamé al colegio para que asumiera su labor formativa, pero no pasó nada".
Otro caso le ocurrió a uno de los cuatro hijos de Macarena (39). Al de 14 años le quitaron el cuaderno de Lenguaje en el bus escolar. "Si no nos pagas 500 pesos diarios, no te lo devolvemos", le dijeron. Eran tres niños en contra del mío, que era más chico. Hablé con la mamá de uno de ellos y fue a mi casa a pedir perdón. Los otros dos papás no dijeron nada".
A esta mamá le llama especialmente la atención la agresividad que ha visto, sobre todo en niños hombres. "Lo salvajes que son al descalificar al mateo, al buen alumno, al que tiene anteojos, al que no le gusta el fútbol. Al final del día, destruir la autoestima es más grave que un ojo en tinta. Lo triste es que los niños encuentran placer y entretención al hacer sufrir a los demás".
Cree que muchos de los problemas vienen de la educación en la casa. "Los padres transmiten sus propias carencias y aspiraciones a los hijos. Es triste que en esta etapa de la vida se valore más al loser, al gallo que de su vida no hace nada. Hay un nivel de competitividad muy agresivo, donde más que el respeto por los demás, este alumno tiene que poner la pata encima a los 13 años para sentir que tiene poder".
Sin culpar al colegio, y al igual que Macarena, Fernanda, una madre de cinco niños, ha decidido enfrentar el tema de la violencia abiertamente con sus hijos. De hecho, uno de ellos, Diego, fue víctima de un golpe que terminó con nariz rota incluida. En esa oportunidad, varios compañeros estaban jugando básquetbol en el recreo y a Diego le llamó la atención de que todas las pelotas fueran iguales. Pensó que eran parte de una promoción y le preguntó al grupo por qué las tenían. Uno de ellos les respondió: "Porque nosotros somos inteligentes", y le tocó la cabeza. "Yo también soy inteligente", le respondió Diego, y así comenzó la pelea. Macarena señala que ha preparado a sus hijos para ponerse en el lugar del otro. "Les he tratado de hacer ver que los niños violentos lo pasan mal en la vida".

Razones para atacar

Lo que plantea Macarena, no está muy alejado de las causas que se dan para explicar las conductas agresivas.
"Muchas veces, cuando un niño es violento lo que le interesa es ser considerado a como dé lugar, porque no se siente valorado. En el fondo, está en juego la autoestima", señala Isabel Recabarren profesora y orientadora educacional, quien trabaja en la la dirección de Educación de la fundación Chile Unido.
Sobre el tema también se pronuncia Mauricio García, director de la Escuela de Sicología de la Universidad Alberto Hurtado y miembro del equipo de investigadores del proyecto Fondecyt denominado "Hacia una interpretación de la violencia escolar", que junto a otros dos profesionales que trabajan en la Universidad Católica, se ha encargado de dilucidar el sentido de la violencia escolar, es decir, qué motiva a un niño a agredir a otro.
"Los alumnos que se involucran en hechos de violencia buscan ser reconocidos. Por ejemplo, uno de ellos decía que la violencia le da realidad a la vida. Al parecer el riesgo constituye algo importante que le da sentido a la vida".
Habla de un código de honor. "Al entrevistar a nuestros informantes, ellos cuentan de una suerte de ley implícita en la convivencia escolar. La provocación puede ser una mirada, una burla que se ve como una afrenta, en la cual sienten que si no responden quedarían humillados, sobre todo si hay testigos". Y explica que, por consiguiente, la violencia es a veces motivo de orgullo. "Por ejemplo, hablamos con unos alumnos que nos decían que recordaban con orgullo el haber sido expulsados del colegio. Ahí ves que los valores sociales están dados vuelta. La educación no es un valor principal, sino el honor". A su juicio, los escolares sienten que contar con una licencia de enseñanza media ya no tiene el mismo valor social de antes; por lo tanto, pierden el respeto por el colegio y se sienten con derecho a hacer cualquier cosa cuando están en él. "Hace 20 años, tener la licencia de enseñanza media era un elemento de promoción importante; permitía acceder a un buen trabajo, abría puertas, hoy no".
García señala que detrás de la violencia no hay una sola causa. "Pueden estar influidos por el alcohol y las drogas, por sentirse incomprendidos, por la acumulación de rabia, lo que los hace vulnerables a ser menos tolerantes".
El especialista añade que en los colegios de medios socioeconónicos altos aparece la necesidad de ser libre, de disponer de más tiempo. "Un tema central es la jornada única. Sienten que se les impone una regulación de su vida cotidiana, de su tiempo. Eso lo ven como una suerte de apremio, de agobio, que buscan descargar por algún lado".
Cuando hablan de los violentos, los mismos alumnos se refieren a ellos como tirados a flaite, cuenta. Y el flaite se entiende como "un joven de nivel socioeconómico bajo, choro, peleador, que reivindica sus necesidades; en especial, la de ser reconocido por los otros".
Explica que en los colegios de clase alta los alumnos más implicados en la violencia escolar tratan de imitar a los flaites. "En el fondo, el flaite es aquel que expresa toda la energía negativa, la suelta, no se reprime, mientras que el cuico sería más bien reprimido; por lo tanto, poco libre de las convenciones sociales y de sí mismo, no se expresa. Según nuestros informantes, éste sería el personaje que llega a excesos, que de tanto reprimirse estalla de pronto y que por lo tanto, aun cuando es menos violento en lo cotidiano, su violencia puede tener consecuencias más serias".

"Los flaites"


De Rodrigo (16) se podría decir que lo echaron de un colegio por tirado a flaite. Durante los nueve años que estuvo en un establecimiento de puros hombres, nunca se sintió a gusto, hasta que repitió primero medio por lo que, sumado a su mala conducta, terminaron por expulsarlo. Recuerda su experiencia: "No me gustaban los profesores, el ambiente. Todos tenían que ser de una sola forma, nadie podía ser diferente". Dice que su actitud era contestataria y que se sentía discriminado. Reconoce haber formado parte de un grupo que molestaba y, sobre todo, que humillaba. "Dejaba en ridículo a los que tenían más defectos... Era una forma de mostrar poder, de creerse... Los profesores se hacían los locos, porque no estaban ni ahí con meterse en más cosas. Se preocuparon sólo cuando algunos gallos se pusieron a llorar y terminaron en el sicólogo".
Si busca razones, Rodrigo cree que muchas veces ofendió a otros como una manera de ponerse el parche antes de la herida, para que no lo ofendieran a él. Alguna vez lo trataron de tonto. Asegura que entre hombres la violencia es más fuerte. Ahora está en un colegio mixto y se siente más contento. "Me va mejor en las notas y me exigen menos. Aquí me respetan, no me tratan de cambiar".
Con fama de niñito problemático, al hijo de María José lo echaron hace dos años de un colegio de Vitacura. Ella está enojada, porque si bien considera que Felipe es un poco agresivo, simplemente cree que lo estigmatizaron. "Es un niñito con mucha personalidad, líder y muy sensible. A cierta edad era medio agresivo, imponía temor, pero estos colegios que se dicen valóricos te piden compromiso a ti hacia el colegio, pero cuando les toca a ellos, no pueden. Si tienen un niño que los enfrenta, ahí se produce una dicotomía y la solución más fácil es deshacerse de él".
Otra mirada completamente distinta es la de Valentina, quien por un caso que involucró a su hijo se sintió agredida por las mamás del curso. "Lo acusaron de haber sido súper grosero con un compañero y en vez de llamarme para comentar, hubo un té de colegio en que todas las mamás sabían del tema menos yo. Entonces hablaban de un supuesto niño y una supuesta mamá, que resulté ser yo. Lo pasé pésimo, porque se me agredió injustamente en vez de haber afrontado directamente el problema".

Negando el conflicto


"La única manera real de erradicar la violencia es que se enseñe a resolver conflictos, porque la violencia es una manera negativa de hacerlo", dice Isabel Recabarren, quien superviza un programa para capacitar a profesores de colegios de escasos recursos en la resolución de éstos.
A su juicio, vivimos en una cultura que niega el conflicto y que lo visualiza como algo negativo, no como una oportunidad de crecer, entonces, no se encara. "Si tengo un profesor que se mueve bajo esa cultura de no enfrentar el conflicto, de alguna manera su sala de clases va a estar más expuesta a casos de violencia. El gran desafío, a mi juicio, es ir creando de a poco una nueva cultura del conflicto y no negar algo que es intrínseco al ser humano".
Para ella, la sala de clases es una minisociedad y cree que, en general, estamos en una en que por un lado se evitan los conflictos o se resuelven de manera competitiva; es decir, donde una posición gana y elimina a otra. Por otro lado, cree que el niño llega al colegio con ese modelo, además de un concepto individualista "donde lo mío es lo primero, lo segundo y lo tercero. La clave de la violencia es la falta de respeto a la dignidad humana. En el origen de la violencia siempre hay una incapacidad de salir de uno mismo al encuentro del otro, y en la violencia tú obligas a otro a hacer algo que lo daña. También, vivimos en una cultura donde lo emocional es sinónimo de debilidad. Estamos centrados en el rendimiento del niño, no en sus motivaciones y necesidades".


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